Su vida

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Párroco de Pucón (1943 - 1956)

El 10 de marzo de 1943, el padre Francisco asumió como párroco de la parroquia Santa Cruz de Pucón, en la Región de la Araucanía, desplegando una actividad misionera que no conoció descanso para recuperar a Dios en esa zona de Chile.

Lo primero fue conseguir que se hicieran clases de religión en todas las escuelas del pueblo. Él mismo muchas veces las impartía. En seguida, organizó la Cruzada Eucarística para los jóvenes y la Acción Católica para las mujeres. Visitaba regularmente cada una de las escuelas en los campos, aun las más inaccesibles. Muy pronto numerosos niños y sus padres harían la Primera Comunión y muchos recibirían la Confirmación. Renovó el canto en las comunidades y organizó procesiones del Santísimo. Fue el despertar de la fe adormecida de Pucón.

El deseo de revelar a Dios a los numerosos mapuche, a quienes hablaba en su lengua, y a otros habitantes de esa extensa geografía, le llevó a cruzar valles y montañas a pies descalzos ya fuera en pleno invierno o en los calurosos días de verano…

Nada detenía su inagotable actividad que brotaba de su profunda oración y de su frase favorita, de San Pablo, “No te dejes vencer por el mal, sino vence al mal con el bien”.

Se hizo conocida su figura a su paso por los pueblos del vicariato de la Araucanía. Se recuerda aún su empeño por dormir sobre el suelo de tablas del campanario de su parroquia, aun en pleno invierno.

Pintó crucifijos de gran tamaño. Ornamentó iglesias y capillas, enseñando que la belleza levanta las almas a Dios. Talló esculturas en madera, como el Cristo del Tromen, que vela por la paz entre Chile y Argentina. Edificó varias escuelas. Construyó el Hospital San Francisco de Pucón.

 

Convencido del valor de la vida retirada, este activo religioso trabajó sin descanso para levantar un convento de clarisas capuchinas cuya hermosa estampa, a medio camino en la ladera del cerro que enfrenta al pueblo de Pucón, hoy como ayer recuerda al puconino la necesidad de elevar a Dios el pensamiento.

Pucón respondía al ideal de su alma misionera. Por eso no puede extrañarnos que, siendo obispo de Osorno, al saber que la enfermedad que sufría era terminal, pidió ser trasladado a Pucón para morir allí, entre sus hermanos capuchinos, en el hospital que había levantado con tanto esfuerzo y amor en sus años de párroco.