Su memoria

Testimonios
Integridad de vida

“Él era de una sola línea. La voluntad de Dios, el magisterio de la Iglesia y los deberes de su vida religiosa consagrada fueron las grandes opciones de su vida, y jamás se desvió de esa línea”.

Rafael Reusch, amigo.

Atrayente presencia

“Era para nosotros muy cercano y querido. Llegaba siempre de improviso desde el Sur, con su hábito tejido a telar, con sus ojos transparentes, su risa clara, su voz sonora, con una cercanía que encantaba a los niños y a los grandes. Siempre estaba dispuesto a escuchar, a ayudar, a dar ideas para solucionar problemas. Sin embargo, nunca pretendió influenciar de modo evidente a sus cercanos con sermones ni nada parecido. Era sólo su ejemplo, su persona, su actitud lo que atraía a cuantos tenían contacto con él. No imponía a nadie su profunda vida interior ni sus permanentes actos de ayuno o mortificación. Diría que la alegría era su cualidad más notoria y que la repartía generosamente a su alrededor. Su amor por la belleza, obra de Dios, lo llevó a cultivar la pintura, la escultura y la música como pilares fundamentales de enaltecimiento de la liturgia y del conocimiento del Creador a través de ella”.

Carmen Luisa Letelier, sobrina.

Fidelidad y perseverancia

“Tenía un carácter muy voluntarioso, muy fuerte. Nada lo amilanaba. Yo tenía cerca de veinte años y alojé varias veces con él. Era muy exigente respecto del trabajo, del esfuerzo, del estudio, de hacer lo que se tenía que hacer y de alcanzar los objetivos. Era decidido y muy concreto, siendo a la vez muy santo. Me decía que había que esforzarse, que había que aspirar a lo mejor, a lo más alto, no quedarse a medio camino. Y él era así. Nada le quedaba chico.

 

Era un ejemplo. Cuando estaba ya muy enfermo, poco antes de morir, tuvimos una larga conversación. En ella me hizo ver la importancia de ser fiel a los principios cristianos. Que eso es lo único que importa al final de la vida.

 

Tenía también mucho humor. Un día me preguntó si yo sabía por qué los franciscanos viajaban en tercera. Le dije que no. «Porque no hay cuarta», me respondió”.

 

Arturo, sobrino.

Enciende el deseo de seguir a Cristo

Supe de Mons. Francisco Valdés durante mis años de estudiante con los capuchinos en Baviera, Alemania. Nos visitaban misioneros en sus vacaciones en su patria, y nos mostraban diapositivas de su trabajo en la Araucanía. Nos hablaban también de los obispos capuchinos en Chile: monseñor Guillermo Hartl, Vicario Apostólico de la Araucanía, y monseñor Francisco Valdés. Los dos eran capuchinos y obispos en el mismo tiempo.

 

Mientras yo hacía mi noviciado en el convento de Laufen, monseñor Valdés nos visitó porque había hecho su noviciado de capuchino en el mismo convento. Nos causó una enorme impresión a nosotros jóvenes novicios capuchinos. Su voz fuerte, su figura delgada, ascética, su interés por nosotros nos marcó. Desde muy joven tuve la idea de ir alguna vez a la misión, pero a partir de aquella experiencia pensé ir a Chile. Así, finalmente llegué en 1974 como misionero al Vicariato Apostólico de la Araucanía en el sur de Chile.

 

En 1997 me nombraron párroco en Pucón. Monseñor Valdés había estado en Pucón entre 1943 y 1956, pero seguía vivo en la memoria y los corazones de todos. Me enteré que él andaba verano e invierno solo con chalas. Que siempre andaba a pie y que muy pocas veces aceptó subir a un vehículo o a un camión. Las señoras del campo me contaban que cuando alojaba en sus casas y le preparaban una cama, en la mañana se daban cuenta de que él no había dormido en ella. Se decía que dormía en una pieza de tablas en lo alto de la torre de la iglesia de Pucón. Que hablaba con los mapuche en su lengua... Que llegaba a los pueblos más alejados dentro de la cordillera, a Huife, Reigolil, Carén o Rinconada.... Parece no hubo rincón de los campos donde él no hubiera pasado y dejó fuertes impresiones de su persona en una zona tan vasta y de tan difíciles caminos...

 

Cuando se dio inicio a su proceso de beatificación, se me encargó la tarea de vicepostulador de la Causa y me adentré de verdad en la persona de monseñor. Hoy puedo decir que me encontré con un religioso totalmente entregado a Dios. Dios era el centro de su persona y de su vida. Su lema de obispo en latín Quia amo te [Tú sabes que te amo] lo había elegido a conciencia. Señor, tú sabes que te amo. (Jn 21,17). Puedo afirmar también que hizo vida muy real la invitación de Jesús a Pedro cuando le dice: "Apacienta mis ovejas".

 

Mucho antes de que se hablara de su proceso de beatificación, cayó en mis manos el folleto que se imprimió en Osorno por motivo de los 25 años de su primer obispo, donde se presenta toda su obra pastoral en esos años. Se puede comprender que detrás de la gran obra que significa iniciar una nueva diócesis casi de la nada, hubo ayuda de mucha gente, pero sobre todo encontré una fe y confianza absolutas del Obispo en la ayuda efectiva de su Dios, que le concedía todo lo que le pidiera para su iglesia de Osorno”.

P. Juan Bauer – vicepostulador de la Causa

Consejos en la dirección espiritual

“Me confesé muchas veces con él. Sabía dar esperanza y animaba a tener confianza en la misericordia de Dios y en los méritos de Nuestro Señor Jesucristo. Me decía: Dios es un Padre bueno que no va a abandonar nunca a sus hijos, y para un padre nunca va a haber un hijo malo. Hacía hincapié en la misericordia divina. Nos hablaba mucho que Dios quería que todos nos salváramos.

Nos decía que todo se conseguía con la oración. Que la oración movía las montañas. Que todo se iba a solucionar pidiéndolo. Porque todo lo que se pedía, el Señor lo daba. Y ciertamente, él lo vivía.

 

Siempre nos decía que todos los actos los teníamos que hacer pensando en Dios. Si yo estoy barriendo o haciendo cualquier trabajo, lo debo hacer amando a Dios. No debemos pensar que estamos haciendo un trabajo desagradable, porque lo estamos haciendo en presencia de Dios, por amor a Dios.

 

Nos predicaba siempre el amor, no el temor. Nos decía: No se preocupen. Dios es padre y ningún padre odia al hijo, aunque éste sea malo.

Él quería que nos quisiéramos entre nosotros. Nos pedía que aceptáramos las diferencias, que nos respetáramos.

 

Nos pedía que no tuviéramos mucho si a otros les faltaba. Nunca criticó que tuviéramos riquezas, pero pedía que compartiéramos, que fuéramos solidarios con los que tenían menos. Nos decía que no era pecado el tener, pecado era el no compartir.

 

Recuerdo que cuando murió la mamá de mi marido, él no pretendió distraernos o tal vez consolarnos, sino nos movió a asumir el dolor y aprovechar el valor que tiene el sufrimiento para estar más cerca del Señor”.

 

Sara A.

Le debo haber perseverado en mi vocación

“En momentos difíciles de mi vida religiosa, a pesar de sus múltiples actividades, generosamente, dedicó tiempo para atenderme espiritualmente, ya sea en forma epistolar o personalmente. Después de Dios, creo que al padre Francisco, debo la perseverancia en mi vocación, y lo digo sinceramente al cumplir yo, ahora, cincuenta años de vida religiosa”.

Religiosa dirigida por monseñor Valdés.

Su fe

“Nunca razonaba sobre el tema de la fe. Él creía porque su vivencia personal religiosa era de tal intensidad que no necesitaba razones. Tenía una fe como de la gente muy simple o de la gente que ha tenido una experiencia directa de tal magnitud que no le cabe la menor duda. Tenía amistad con algunos incrédulos, pero esta amistad no era para convertirlos con argumentos, y si convirtió lo hizo con el ejemplo, mostrando su fe”.

Maximiano Valdés, sobrino

Ante las crisis de los sacerdotes

“...hubo sacerdotes que tuvieron crisis que hicieron sufrir mucho a monseñor. Fueron crisis de fe y de la virtud de la castidad que los hicieron dejar el ministerio. Vi llorar a monseñor varias veces por estas crisis de sus sacerdotes. Y en esos momentos redoblaba los tiempos de oración”.

Emilia Diestre, su secretaria.

Pobreza extrema y rigor

“En los años treinta, los capuchinos llevábamos una vida más austera que hoy, tanto que no pocos jóvenes se enfermaban y debían ser dispensados de ciertas prácticas rigurosas. No entendíamos cómo fray Francisco las observaba todas sin la menor dispensa. Él iba vestido ligeramente y con los pies desnudos, aun en el más rígido invierno, mostrándolos enrojecidos y llenos de sabañones. Dormía en una celda del segundo piso, sobre un jergón duro, con una frazada muy delgada, aun en el tiempo más frío”.

Fray Girolamo Bortignon.

Superior convento capuchino de Venecia.

“No usaba zapatos. Iba siempre con los pies desnudos y unas chalas de neumáticos. A veces tenía los pies llagados y hasta con sangre. A mí me parece que él sufría por los que no sufrían. Debe haber dormido hasta con cilicio. Dormía sobre un jergón de paja y como almohada tenía un tronco. Si le regalaban un colchón, a la semana siguiente ya no lo tenía, porque lo había regalado. Era limpio en su persona, pero su hábito limpio estaba remendado”.

 

Violeta V.

Oración

“Él siempre estaba orando. Una noche nos quedamos en una ruca mapuche. Me dormí muy pronto. Otros dos mapuches dormían en la misma ruca. Nosotros en la dura tierra; en el centro, el fuego. Poco después, mi mujer me despertó suavemente. Y los dos, mientras los demás dormían, lo vimos de rodillas rezando, con la capucha puesta y las manos juntas. Debió haber rezado así más de una hora. Y a las cinco de la mañana ya estaba invitándonos a levantarnos. ¿Y a dónde vamos? A la misa, pues. Salimos de la ruca y nos acercamos al cerco que cerraba el gallinero. Había allí unas tablas que parecían tener la forma de una mesa. Debajo de un ulmo muy bonito, arreglamos el altar. Esa misa fue muy hermosa. Más abajo había otro arbolito lleno de pajaritos que al salir el sol cantaban con toda fuerza. Cuatro o cinco pavos se paseaban por el cerco de troncos. Y nosotros gozamos a esa hora tan temprana estando con él en esa misa de alabanza a Dios”.

Rafael Reusch, amigo

“Recuerdo que lo llevaba al convento de los monjes camaldulenses en los montes de Frascati en Italia. Es la más austera y rigurosa de todas las órdenes religiosas, donde se vive siempre en silencio. Luego de unos días volvía a buscarlo y el salía transfigurado, y detrás de él, el prior me comentaba que su paso por la abadía había sido un regalo de Dios, que había traído un viento nuevo de renovación y que los maitines, en vez de ser a las cinco, ¡con él eran a las cuatro de la mañana!

 

Su misión era tan fuerte y clara, y su compromiso tan completo, que irradiaba una alegría extraordinaria. No tenía nada, pero lo tenía todo”.

 

Maximiano Valdés, sobrino.

Amor a María

“Tenía una devoción hacia María como la devoción de un niño hacia su madre. Tenía una gran ternura que he podido comprobar. Muchas veces lo acompañé en auto, rezábamos el rosario, pero él lo rezaba de tal manera que uno casi sentía el alma de niño en él”.

P. Remo Pistrini.

Defensor de la vida y la familia

“En 1978 me embaracé de mi hijo Javier Alejandro. Siendo católica, me sentía muy avergonzada delante de la imagen del Señor a quien pasaba a ver casi todos los días a la capilla de monseñor. Era tal mi angustia que lloraba sin parar, más aún porque me había quedado sola. Monseñor se sentaba entonces a mi lado sin decir nada, se quedaba conmigo hasta que me calmaba y me iba a dejar a mi casa sin preguntar el motivo de mi angustia. Un día le conté todo… Jamás lo olvidaré. Su ternura calmó mi corazón angustiado. Me habló de la Virgen, de la bendición de ser madre, que no importaba que estuviera sola. Me hizo sentir protegida, me consiguió hora con un médico y una matrona y me pidió que siempre pasara a verlo…lo que hacía de regreso de mi trabajo camino a mi casa.

 

A los tres meses de embarazo, estuve hospitalizada con síntomas de aborto. Monseñor lo supo y de inmediato me fue a ver a maternidad. Recuerdo su voz en el pasillo preguntando por mí. Fue todos los días y si no podía, enviaba al padre César Martínez. Como no pude volver a mi casa, trató de conseguirme alojamiento. Una de mis hermanas se ofreció a alojarme, pero monseñor le dijo que sólo me autorizaba si ella me daba el cariño y el cuidado que necesitaba. Y así fue.

 

Quería mucho a mi niño. Él lo bautizó. Quizás si no hubiera tenido su apoyo constante, otra hubiera sido mi historia”.

 

Isolde Peralta Rodríguez.

“Defendía todo lo que decía la Iglesia en lo moral. Fue muy fiel y claro cuando se refería al aborto. En los matrimonios, era incansable en buscar la santidad de la familia, en que se superaran los problemas matrimoniales”.

P. Aroldo Palavicino.

 Amor por todo lo creado

“Quienes lo conocíamos admiramos siempre en él su oración. Cuando se le sorprendía – y había que sorprenderlo – irradiaba paz, serenidad, contacto con Dios. Rezaba mucho, de día y de noche, en el templo, en los viajes, en la cordillera. Como hijo de San Francisco, artista y místico, se elevaba con facilidad a Dios, lo veía en las cosas de la naturaleza, en los ríos, en los árboles, en las flores, en las personas”.

Monseñor Manuel Santos.

“Siempre le gustó mucho la naturaleza. Veía en ella la creación de Dios. A los mapuches, que vivían tan inmersos en ella, podía mostrarles que Dios es el Creador de todas esas maravillas”.

Miguel Letelier, sobrino.

Amor a la eucaristía

“Me impresionaba su compenetración con el Señor. Las veces que iba a celebrarnos la Eucaristía, se le veía altamente concentrado. Lo demás como que no existía para él en esa ocasión. Era algo verdaderamente maravilloso”.

Testimonio de una carmelita descalza.

Anima a los demás a seguir a Cristo

“Extender el reino de Cristo era un propósito en él. Él decía y quería eso: ≪Vengan a probar lo que estoy probando. Dense cuenta que existe una realidad más allá de la realidad de todos los días, que es alcanzable con una vida de oración y con esfuerzo. Cada uno en su lugar, y con sus posibilidades. No esperen a mañana para empezar. Háganlo ahora. No saben lo que se pierden. No crean que el mundo que ven es el objetivo final de la vida.≫ Extender el reino de Cristo le significaba a él decir: ≪Hagan esta vida, junto conmigo. Dedíquense a esto que es lo que vale la pena≫. Él tenía presente esto. Era una prolongación pastoral de su experiencia interna”.

Maximiano Valdés, sobrino.

 

 

“Yo tenía quince años cuando conocí a fray Francisco Valdés. Me impresionaban su figura ascética, su sayal teñido en lana café, sus chalas, sus pies desnudos, su caminar alado. Tenía el don de la palabra. Era ver a San Francisco de Asís. Era multifacético. Pintaba, tallaba, organizaba las fiestas de la Iglesia, armaba coros. Marcó mi vida y desde entonces soy católica, apostólica y romana, y servidora de la Iglesia”.

Olguita, Pucón.

Confianza en el Señor

“Monseñor era una persona tan piadosa y tan entregada a las manos de Dios que para él era la Divina Providencia la que hacía todo. A veces tenía problemas y decía: Ya, vamos a la capilla. Y ahí nos quedábamos un largo rato rezando de rodillas, una hora o una hora y media. Y confiado decía que la Providencia no lo iba a dejar sin una buena solución. Su dormitorio estaba junto a esa capilla y había hecho una ventanita para comunicarse desde allí con el Santísimo. Sin bajar, a las tres de la mañana, podía rezar desde arriba. Después cerró esa ventana porque dijo que estaba demasiado cómodo y era mejor bajar a rezar cuando le era necesario. Monseñor se levantaba en la mañana muy temprano y rezaba en la capilla una hora y media o más. Era un hombre que rezaba mucho, rezaba a toda hora”.

Emilia Diestre, su secretaria.

Amor a Dios

“Tenía un amor a Dios extraordinario. Es decir, creo que Dios era todo para él. En este sentido, era un verdadero cristiano. Él era sensible a que su forma de ser, de pensar, de sentir y de vivir se ajustara al Evangelio. Él decía que era obispo por casualidad, pero cristiano por vocación”.

Un sacerdote.

 

 

“… su carisma radica en la perfecta armonía entre su total amor a Dios y su entrega total al ser humano. Esta armonía la poseyó en grado sumo”.

Hermana María Lucas.

Profundo amor a los demás

“Donde había sufrimiento, allí estaba presente. Más de una vez lo acompañé donde personas que incluso no lo respetaban mucho. Sabía darse un tiempo para acudir a quien necesitara un consuelo, un consejo o una compañía. Estaba junto al pobre y al rico, junto al obrero o el patrón, fueran o no de su ideología, creencia o amistad”.

Violeta V.

“Cuando entré al focolar, mis padres estaban desconsolados. Fue entonces que monseñor Valdés se ofreció a conocerlos y tratar de ayudarlos a comprender y aceptar mi decisión. Mi familia nos esperaba a tomar onces con una linda mesa bien puesta. Fue una tarde muy amena. A un cierto punto, mi papá le preguntó: ¿Por qué Dios llamó a esta hija que es tan buena y no llamó a esta otra que es más diablilla? Y él le respondió: “Pero don Jorge, ¿usted cree que Dios tiene mal gusto? Y le arrancó una larga carcajada también a los presentes.

 

Al momento de despedirse le dijo a mi mamá: “Señora, esas lágrimas de tristeza que ahora usted derrama se convertirán en lágrimas de alegría. De ahora en adelante su hija es mi ahijada, yo me ocuparé de ella”. Desde aquel día mi familia comprendió que se trataba de una Obra de Dios. Fue un día inolvidable que jamás íbamos a olvidar”.

 

Lucía Gutiérrez, focolar.

Amor por sus mapuche

“Misionero de campos y montañas, caminaba a pie hasta lugares al parecer inaccesibles, como los bosques de Chihuío en el lago Ranco, yendo tras la ruca del indígena para llevar la palabra de salvación. Constante y perseverante, ni el frío ni la lluvia jamás lo detuvieron en busca del pobre, que fue su amigo predilecto. ¡Cómo le querían! ¡Se abalanzaban para besar el cordón de su tosco sayal franciscano! El pobre, con esa intuición simple, con esa pureza nacida de la sencillez de su alma limpia, le amaba de verdad. Y en campos y poblaciones las gentes salían alegres y dichosas tras el padre que les traía la palabra de Vida”.

Rafael Reusch, amigo.

 

“Los mapuches tienen una concepción del tiempo distinta a la nuestra. Para ellos el tiempo no existe: oyen, escuchan, la tarde llega. La urgencia los molesta... Y Francisco tenía esta condición de sentarse, escucharlos, quedarse callado y así adquirir confianza. En muchas ocasiones en que lo acompañé, vi que los mapuches tenían mucha confianza en él. Lo querían mucho. Le tomaban la mano y le pedían cosas. Francisco arregló muchas situaciones difíciles que le contaban y tomaban mucho tiempo. Él lo hizo con gran espíritu”.

Gabriel Valdés, hermano.

“Cuando llegaba monseñor Valdés le gustaba hablar en nuestro idioma, el mapudungun. En esos tiempos, yo solamente escuchaba, porque no sabía todavía la lengua. Parece que monseñor hablaba bien, porque conversaban y se reían. Hablaba con la gente: los conocía a todos”.

 

P. Juan Enrique Catrilef Huentru.

“Siempre fue su deseo el defender a los mapuches y buscar el modo de que realmente los mapuches pudiesen tener realmente todos sus derechos. Y era también su gran deseo el llevarles el mensaje de Jesús”.

P. Remo Pistrin.

 Amor a los más pobres

“Se preocupó extraordinariamente de los más pobres. También de los mapuche y de las mujeres de las cárceles. Me tocó ver lo mucho que conversaba con la juventud. Podía pasar horas conversando con una niña que quería hacerse un aborto. Quería mucho a la gente. Cuando íbamos afuera de la ciudad, como todos lo conocían había una verdadera competencia por atenderlo; le contaban de sus cosas, de los niños, de sus animales”.

Francisca Valdés, sobrina.

 

“Cuando íbamos a ver enfermos muy humildes y muy graves, los acogía con sumo cariño y suavidad. Recuerdo a un hombre que tenía unas llagas en las piernas. Un día nos avisaron que ese hombre estaba botado en un banco en la Alameda, a unas cuatro cuadras del Obispado. Fuimos con monseñor. El hombre no podía moverse ni caminar. Monseñor lo cargó y lo llevamos en la camioneta al Hogar de Ancianos Santa María y ahí está hasta hoy día. Es un suizo que con los cuidados de las religiosas se mejoró. A mí me impresionó la manera como monseñor le limpiaba las llagas. Daban escalofríos ver cómo estaban las piernas de ese pobre hombre”.

Emilia Diestre, su secretaria.

“Recuerdo con emoción el caso de un muchacho que se quemó y estaba en el Hospital de Osorno. Y monseñor le dio piel suya para el injerto”.

 

Haydée Miserda.

 

“Se preocupaba mucho por mejorar la situación social de la gente más pobre, pero nunca incitaba a un tipo de rebelión o violencia. Y como nunca hablaba mal de nadie, tampoco habló mal de los empresarios o de los dueños de la tierra. Pero él hablaba a menudo con estos últimos y los movía a ser más justos socialmente. Y era tanto lo que lo querían que yo creo que los movía”.

María Teresa Geisse.

Alegría y confianza en el Señor

“Nunca lo vi quejarse de nada ni criticar a nadie. Él vivía entregado a Dios. Eso yo lo sentía; no es que él me lo haya dicho. Tenía una personalidad encantadora, porque tenía sentido del humor. Era alegre y optimista, con una risa muy especial en los ojos.


Él siempre miraba para adelante. No nos hablaba de lo que había hecho, sino de lo que iba a hacer. En lo que él decía nunca era el sujeto central”.

Gloria Irarrázabal.

“Lo conocí cuando llegué a Osorno a fundar en Osorno el primer Focolar de Chile. Él nos ayudó a instalarnos, a conseguir trabajo y nos hizo sentir en casa. Su alegría y agradecimiento a Dios por nuestra llegada fue una nota que se mantuvo a través del tiempo.

 

Lo acompañábamos en sus visitas pastorales. Así vimos con cuánta alegría y cariño lo recibían sus feligreses. Los chicos corrían a su encuentro y se le colgaban de la sotana, lo seguían por todas partes. Él tenía una vida de mucha oración y, siempre nos visitaba en el Focolar y rezaba con nosotras el rosario, a veces celebraba la misa y, otras veces sólo pasaba a saludar y a preguntar si necesitábamos algo.

 

Su modo de vida tan austero me edificaba y me hacía ver su espíritu de pobreza y servicio, siguiendo el ejemplo de su santo fundador, San Francisco de Asís”.

 

Silda Inga, focolar

Siempre trabajando por el reino de Dios

“Todo el tiempo estaba haciendo cosas, espirituales y materiales. Siempre estaba iniciando algo. Nunca se mantuvo quieto. Su esperanza nos contagiaba. Nunca lo vi desesperado, o triste, o molesto por alguna cosa. Ni siquiera cuando estuvo enfermo y debía descansar y estar tranquilo”.

María Teresa Geisse.

“En sus años de cura párroco de Pucón, vimos los comienzos de la talla del inmenso madero del Cristo del Tromen en una sala de la escuela pública. Con qué amor y entusiasmo iba plasmando con sus manos la efigie del Crucificado, labor que, seguramente, era una oración, una conversación de persona a persona. Conociendo su vida, imaginamos con qué afecto tallaría cada uno de los detalles que hicieran aún más viva la figura del Redentor; esa madera fue la confidente que conoció el fuego de un corazón amante; los sufrimientos de un alma que nunca encontró suficiente el hacer para llegar al Supremo Bien”.

 

Margarita Valdés, hermana.

Caminante que lleva la palabra de Dios

“Para pasar a nuestra comunidad, el padre Francisco debía cruzar el río en un bote o lancha. Y en invierno el cruce era difícil, porque el río crece y la corriente era muy fuerte. Iba a Menetúe todos los meses. Llegaba hasta Llafenco en vehículo, en camiones madereros u otros, y desde ahí caminaba a pie unos 12 km para llegar hasta nosotros.


Casi siempre alojaba en Menetúe, en la Escuela. Muchas veces llegaba el sábado. Decía la misa el domingo, pero antes confesaba desde las 7 hasta las 10 de la mañana. Siempre nos predicaba.

Después de la misa, seguía hasta Curarrehue. Cruzaba el río en una canoa, al modo de los mapuches. El cruce era peligroso, porque las canoas eran muy angostas y se balanceaban mucho. Él no tenía miedo. Al bajar siempre se persignaba y decía: “Gracias a Dios”. Hacia Curarrehue casi siempre caminaba los nueve kilómetros a pie. Había un camino muy malo, de carretas y con mucho barro y la vegetación lo invadía por todos lados. Algunas veces lo acompañaban mis tíos o le prestaban un caballo que se pasaba a nado al otro lado”.

 

Edmundo R.

“Una vez que lo vi caminando a pie de Pucón a Curarrehue, que son 40 km. Era verano, hacía calor y el camino estaba muy polvoriento. Yo iba en auto. Me detuve y le dije: padre, suba, yo lo llevo. Me contestó: No, gracias, déjeme, yo voy a pie. Me quedé mudo. Comparé mis preocupaciones con las suyas. Él iba a pie y yo en auto... Yo respetaba mucho su fortaleza. Para él la religión era absolutamente lo que dice la Biblia, y eso era todo para él. Una vez le dije: ¿Por qué no se compra un vehículo, aunque sea viejo y así va usted a rendir más? Usted está perdiendo el tiempo y gastándose físicamente. Él ni siquiera contestó. Ésa era su vida. Y yo lo criticaba hasta cierto punto, porque admiraba todo lo que ya había hecho. Yo sabía que con la dedicación que él tenía y con el apellido Valdés Subercaseaux podía hacer mucho en Chile. Pero él era solamente el padre Pancho y nunca dijo que tenía esos apellidos. Podía hacer más si se organizaba y no perdiera el tiempo caminando a pie. Pero, bueno, era su idea ir a pie de Pucón a Curarrehue en pleno verano, pasando los autos a su lado. Y en el invierno, también lo hacía. He leído algo de la vida de San Francisco de Asís, y creo que el padre Pancho iba por el mismo camino”.

 

G. P.

“Yo era un niño pobre, huérfano, interno en Boroa, al que el padre Francisco le tendió la mano. Desde entonces quedé vinculado a su persona. Volví a su lado el año 47. Cuando yo era sacristán lo acompañé a muchas partes. Él me decía que me fuera a caballo y él se iba caminando, sea por la nieve o el barro como bajo el sol ardiente en el verano. Conocí sus cualidades, su manera de ser superior, sus condiciones de un varón recto, leal, comprensivo y misericordioso.

 

En toda mi existencia no he vuelto a ver una persona con los valores de este sacerdote tan distinguido, tan modesto y tan humilde en su grandiosa riqueza espiritual”.

 

Norberto Barriga.

 

  

“Caminaba de noche y a pie de Pucón a Curarrehue. ¡Hay que ser bien valiente! ¡No tenerle miedo al puma! Iba siempre vestido de franciscano. Se hospedaba en cualquier parte. Se quedaba conversando en la noche y cuando bajaba a dormir, dormía en el suelo. Era de un sacrificio permanente.

 

Tenía un gran afecto por las personas. Era de carácter fuerte, claro, alegre y comprensivo. Jamás soportó las uniones de hecho. Conversaba con quienes vivían juntos y los casaba. Mi vecino y su mujer ahora son matrimonio gracias al padre Francisco. Muchas familias en Curarrehue se casaron gracias a él”.

 

Habitante de Curarrehue.

Capuchino

“Él fue un obispo, pero fue siempre capuchino ejemplar”.

 

P. Edmundo Lejeune, OFM Cap.

El sentido del sacerdocio

“… [nos visitó] un obispo de Chile, monseñor Valdés. Estuve hablando con él durante mucho tiempo sobre la realidad de la fe, dando él muestra de comprensión perfecta de la totalidad de la vida cristiana: el sentido de la Iglesia. [...]. Estuvimos hablando también de la Providencia, de lo adorable de la Providencia de Dios, del misterio de Su amor. [...] Este obispo es un ser humano cuya condición de tal está decuplicada, casi divinizada por su sacerdocio que es un gran incendio interior de amor. La visita de este prelado fue todo un acontecimiento”.

 

Pieter van der Meer Walcheren. escritor católico.

Magnificat. Tomo II, pág. 134

La sencillez del obispo

“Lo que a mí más me gustó en él fue que no fuera una persona grandiosa. Un obispo podría ser alguien que gesticulara, se diera importancia, con aires majestuosos. La tentación puede ser grande. La gente se puede inflar con estas cosas. Y eso en él no existía. Era muy sencillo, y siempre fue el mismo. En la fiesta, donde uno se encontraba con él, o en la plaza, o en la iglesia. Me causaba simpatía, aunque tuviéramos ideas muy distintas. Yo admiro a una persona que es íntegra y concordante con sus convicciones. Me pareció como muy íntegro en su perfil espiritual: integridad, claridad, diáfano. Y no como preocupado de quién me ve, quién me mira, que ahora no conviene o que ahora está fuera de lugar. Lo que él tenía era humor, y no todo el mundo lo podía suponer siendo un hombre tan ascético. No era una persona que hablara mucho. Era más bien reservado. Normalmente era un hombre como callado”.

 

Pastor R. W.

 La muerte de un hombre de fe

“Ante la proximidad de la muerte, se mostró un hombre de una fe increíble. La última vez que conversé con él, el día anterior a su partida, me miró y me dijo: «Mila, estoy feliz, me voy a ir. Usted sabe que estamos de paso. Me voy feliz con mi mamita Virgen”.

Emilia Diestre, su secretaria.

“Esa tarde en el hospital de Pucón, en el momento que decíamos la Letanía Lauretana “María, Reina de la Paz”, entregaba su espíritu monseñor Valdés Subercaseaux. Todos los presentes sentíamos con fuerza la mezcla de nostalgia, de dolor, de ansia de perfección que, según mi personal experiencia, se vive cuando un santo se aleja…”

 

Hermana María Lucas.

Audio original Francisco Valdés
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